lunes, 19 de abril de 2010

¿Qué tan honesto es aquel que tiene un compromiso? (versión 2,mejorada)

-Lo suficiente para hacer un compromiso. No se puede ser tan idiota de ir contrayendo deudas por ahí-respondía Matilda a tientas.


Rodolfo, su pareja, la retrucaba:

-Vos fijate que se pueden sacar ventajas a comprometerse deshonestamente. Yo me puedo comprometer diciendo un 'te amo' insincero, para después aprovecharme, y cojerte. Además, ya desde el vamos, hacer un compromiso no implica honestidad. Nada asegura que yo prometa, y después efectivamente cumpla ese pacto...

Matilda sabía que había perdido la discusión, como casi siempre. Y eso era cosa de no yo no podría tolerar.



Rodolfo, la persona perfecta. El ladrón que sale en tapa de diarios, el Robin Hood moderno y comprometido (y perseguido. ¡Ah, cómo le debía gustar aquélla excusa policial!). Un expropiador de expropiadores que reparte entre los expropiados blabla. Era intachable. Personalmente, no me gustan las intachabilidades, lo enfrentan a uno como mortal frente a Dioses sacros, tipos incorruptibles, guardianes de la moral.

-Bleh- rugía yo –Cómo me gustaría salpicar toda esa santería.

Yo sabía lo que quería, y para eso tenía que competir y liquidar todo lo Rodolfo que había en Matilda. Era hora de actuar.



Pasó un sábado. Ella vagaba en pensamientos incompletos, y me encontró. Era perfecto porque tenía la guardia baja:

-Matilda Mía, ¿Seguís con eso de la sociedad justa, ingenua?

-Sos un cínico, sabías? Cínico y podrido.

-Soy un realista.

-¿Porqué la gente asocia realismo con pesimismo?

-Porque las libra de la responsabilidad de poner manos en la masa y transformar las cosas. En el fondo de todas las personas existe la intuición de que hay responsabilidad por el sufrimiento de los Otros. ¿Quién se cree el cuento de LA INOCENCIA? Ser agorero lo pone a uno a un margen, eximido d compromisos (Me disculpará mi auditorio por el discurso con moralina ¿no era yo el enemigo de la moral? En mi defensa, digo que sólo estaba seduciendo a Matilda, guiándola hacia mi terreno. Era cuestión de hacer algunas concesiones).

-¡Claro! Primera vez que coincidimos. El compromiso duele y exige.

-Habría que pensar que además a la gente le gusta estar depre, en el sufrir hay un placer…Ahí esta su ganancia. Todos quieren siempre ganar: Descomprometerse ahorra tiempo y esfuerzos. Un asunto de costo-beneficio, niña.



Matilda suspiró. Matilda suspira y es hermosa. Casi me ablanda y me hace creer en la bondad. Pero soy demasiado perverso como para ser rehabilitado. Ateo y desalmado, no me puedo rendir frente a esa belleza. Creer en ella es por propiedad transitiva, creer en la moral. Lo moral, lo pulcro, qué repugnancia me causaba!



-Vos siempre proyectando tu egoísmo, y tu mierda de costo-beneficio.

-Já, allá vos y tu puritanismo. Perdóneme si soy una escoria que no cree en ‘’lo desmotivado’’, que desconfía de las religiones y de su ‘dar sin esperar nada a cambio’, Matilda de mi corazón.

Ella rechazaba con la cabeza, resintiéndose. Odiaba que le mencionen palabras como “ganancia” o “beneficio”. Pienso que odia pensar en las ganancias, porque odiaría pensar en su ganancia. Racionalizarlo desmonta el misterio de la causa de aquella militancia, la raíz que es común a todos (quien me lea, sabe también que aquella causa es la felicidad, lo más privado que hay).

-No me quiero extender- proseguí en tono didáctico -, pero obvio es que si hay contrato social, es porque hay beneficios para los partícipes del consenso. Ceden su sumisión a las reglas a cambio de salvaguarda y la protección contra la Ley del Más Fuerte. Ahí tenés el motivo que guía las acciones. La sociología lo sostiene también: las sociedades se fundan en el intercambio.

Vos y Rodolfo no son solidarios ‘por que sí’, obtienen algo; solo son demasiado narcisos para comprender su propio egoísmo.



Quizás me excedí en corromperla.

Yo era convincente, ella persuasible; se podría decir que aproveché de la asimetría que reinaba entre Matilda y yo. Pero yo desde un principio me asumí canalla. En este inmoral, nunca la superstición del pecado surtió efecto.



-No. No todos somos iguales, no todos miramos sólo nuestro ombligo. Vos te proyectás como universal y querés que todos sean egoístas como vos.

-¿Qué es eso de ser egoísta? Te pretendes no-egoísta? Dejame decirte que es una falsa dicotomía la de altruismo-egoísmo: hay quienes viven su felicidad en detrimento de la de otros, y el resto que juega su felicidad con los otros.

Son perseguidores de lo mismo con envolturas distintas. La tuya es una envoltura ‘más noble’, y tu recompensa es moral. Una buena conciencia.

O quizás sea otra la gratificación, pero no dudes que hay siempre recompensa.

-No.

-¿Porqué querés salvar la sociedad? Porque te entregás sin mas a ésto?

Porque asumís ese compromiso? No seas tan poco auto-conciente, mujer.

-Ok, puede ser cierto…pero eso no invalida lo que hago, aunque sea tan motivado como el capitalista al que combato.

-Pero lo relativiza- agregué, maliciosamente – Sos igual que cualquier codicioso. La único en que diferimos vos y yo, es que vos servís mejor a la sociedad.



De ahí en más, todo se encaminó naturalmente. Que Rodolfo le mentía, que no era felíz realmente y que tenía que dejarlo.



Rodolfo notaba en ésos últimos días a Matilda actuar extrañamente: hablando sola y culpándose por nosequé. Por supuesto, no advertía mi presencia, se deleitaba en ningunearme.

Yo como él, fuimos testigos de la lenta procesión de Matilda, del terco idealismo, hasta su actual decadencia.



“¿Me podes decir porque te desafilias del Partido?” repetía Rodolfo. Claro, no podía comprender la degradación de Matilda. Y continuaba ignorándome, se obstinaba en hacerlo



Cumplir el objetivo fue posible .Me reprocho tal vez el haber mantenido un compromiso de principio a fin: apoderarme de la conciencia de aquélla mujer.

No puedo mortificarme; no sería entonces, el costado amoral de Matilda.

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