El dueño del fuego es un texto-protesta. Hay una queja de fondo, en suspenso, difícil de fotografiar salvo en el final. El final sincera el relato: “La clase no había sido satisfactoria. Consideraban, académicamente, la posibilidad de conseguir otro informante. Tal vez un mataco con mayor disposición. La buena disposición es fundamental para los fines científicos.” ¿A qué va esto? Una imagen fácil y generalizada sobre la ciencia, hecha por hombres que usan y dejan al objeto estudiado, en este caso el toba chaqueño. Me imagino a Sylvia Iparraguirre argumentando sobre cómo la ciencia fue cómplice de un genocidio cultural. LA CIENCIA, con mayúsculas, como un uniforme ejército, sin disputas ni heterogéneas actitudes. La transgresión que hace Marcelino en la clase de la profesorra Dusseldorf vista como un hecho estético positivo en la autora. Como una especie de rectificación, mini venganza sobre la historia (el hombre moderno me desaloja y aniquila, el hombre moderno me obliga ir del campo a la ciudad, el hombre moderno me estudia como un bicho y me trata condescendientemente, como un animalito). Pero la queja no es justa. La mirada también puede invertirse, y Marcelino lo hace (“La ciudad se parecía a la selva, dijo. Allá había que cuidarse de los bichos; acá hay que cuidarse de la gente.” Esta frase no se la puede analizar lógicamente, sino más freudianamente. Hay una comparación no-inocente entre los insectos y el hombre de ciudad, más allá de la propiedad común de serles amenazantes.) Más que una disputa abstracta sobre el pasado histórico, hay un choque de costumbres alternas. La clase ve a Marcelino tanto como una reliquia de un pasado del progreso y un residuo de dominación (y eso lo pinta bien la autora. Un acierto en el tono ideológico del pequeño relato), pero también está la eterna distancia cultural, la “insondable” extrañeza, de la clase a Marcelino, de él hacia la clase.
Hay una deshumanización doble: la obvia, de la clase a la “criatura” toba. El trato paternalista del antropólogo joven, el aire de superioridad, etc. Pero la otra, la que imagino yo, es de la autora hacia la clase, a el antropólogo y la profesora Dusseldorf. ¿Fueron tan hijos de puta? ¿Lo que hicieron se parece a lo que hacen los ricos que la van de pobres, a.k.a turismo de clase?¿Estuvieron mal en sorprenderse que se considerase a sí mismo argentino(no sería raro que alguien despojado por el mismo Estado nacional, sintiera rencor y no reconociera pertenencia al mismo ofensor de su identidad) .Después de todo, Marcelino sí rompe un contrato tácito en lo que hace, y no es idiota. Lo hace a sabiendas y, literariamente será seductivo (romper con o establecido es una vieja bandera, que el rock aún usufructúa. Algo que señaló Camus en Los Justos), pero en la realidad, uno estaría en los zapatos de esa clase y casi repetiría sus conductas, se sorprendería/asustaría de idéntica forma. Pero Sylvia Iparraguirre castigaría con una frase latiguillo tipo “querían una bestia dócil y no la tuvieron, já”.El título casi anuncia la vertiente de protesta del relato en general: es Marcelino quién posee el fuego interior, quién es "el dueño del fuego, el dueño de la noche y de la selva", quien retoma la batalla ideológica entre nativismo y la usurpación del hombre moderno capitalista. Pero esa categoría no la merecían esas personas de la clase, no participaron de esos tiempos y aquella empresa. La queja queda demasiado grande. Cuando hay batalla, se toman lados. Y el arma para vencer es la deshumanización, denigrar a alguien, y convertirlo en algo. Como hacen con Marcelino, y como la autora logra pintar a la clase.
Me voy a pescar. Sokoenagan.
viernes, 19 de noviembre de 2010
martes, 16 de noviembre de 2010
SOBREDOSIS DE TV (ensayo)
¿Tenemos la televisión que merecemos? Fort, Tinelli, Rial, Canosa, Gran Hermano. Rumores de vidas ajenas, peleas que lindan entre el reality y la ficción, más esa “culocracia” de la que habla José Pablo Feinmann. La mayor porción de audiencia está dirigida a esos programas, que hegemonizan el imaginario: si pienso en la tele, la imagen que brota es la de un “Bailando por un sueño”. La pregunta por la justicia o la injusticia del contenido de la tevé, lleva primero a revisar para qué sirve (si sirve) la “caja boba”. No quiero ser un justificador de lo real, pero si algo está, por algo será (ésto funciona para los productos humanos, pero sin extenderlo más allá, como decir que hay un fin divino para nuestra existencia). El objetivo primordial de la tevé es entretener, por sobre la instrucción. Claro que paralelamente la televisión mientras entretiene también educa, sea para bien o para mal. Porque todo impacta sobre las cabezas. Si el fin es entretener, Tinelli entrega: grandes niveles de audiencia, influencia y ecos sociales. Entretener, matar el tiempo, enfriar las neuronas, detener el pensamiento y ver.
Desde mi humilde posición, me parece razonable que los mayores esfuerzos y el público se destine a entretener, y no a fines culturales o educativos (como por ejemplo, el buen canal Encuentro) ya que esto último tiene otras esferas específicas como la educación formal. Además es un hecho, en mi caso, prender la pantalla para ver “Seinfeld”, una comedia que no es enriquecedora, intelectualizante, etc. Yo no voy a tener un pensamiento más elaborado que el adicto a Tinelli y compañía. El fin cultural (que a la vez, nos lleva como medio a un fin ciudadano, con un ser más libre, consciente, que va activar mejor la democracia) –o “fin cívico”- va por una línea de bien común mientras tanto el fin del entretenimiento es una transacción de mercado (placer del público consumidor y lucro del showman -vendedor de parafernalia y mucha publicidad). Hasta ahora trato de ser descriptivo, igualmente adjetivando. La televisión contemporánea argenta no me gusta, pero la calidad siempre es subjetiva. Y si la juzgo desde el criterio que persigue (entretenimiento), lo cumple con creces.
Llega el tiempo del análisis, de pensar porqué esta clase de entretenimiento “tinelesco”, televisando lo privado, y no otro (como “Los Simuladores”, por ejemplo) menos dañino e idiotizante. El entretenimiento gana por paliza a “lo cultural”, lo cual no es intrigantemente arduo de comprender ¿Quién no quiere ver un buen culo? Entretenimiento no es malo de por sí, ni debería convertirse en mala palabra; depende qué entretenimiento: Rial puede generar placer pero en el largo plazo, provoca un ligero vaciamiento mental. La pregunta es ¿Cómo llegamos a Tinelli? Acá se dividen las aguas. Dos explicaciones se disputan el monopolio de la verdad. La primera, es un enfoque tipo “escuela de Frankfurt”, donde es el medio quien impone la agenda y los contenidos. La oferta creando la demanda, a través de un bombardeo progresivo con publicidad, acaparamiento de espacio y construcción de la costumbre. Si no hubiese nada más que mirar, el espacio le queda regalado. Ésta teorización diría que “Bailando” es un ejemplo de cultura masiva, que nace desde arriba hacia abajo: de los medios de comunicación a la gente de a pie. Y además, habla de esta forma como una manera de dominación, un público literalmente cautivo, que empobrece las condiciones simbólicas y anestesia. La segunda explicación es una más liberal, se enfoca en la gente, que no está atada o coercionada, sino eligiendo de manera libre. La demanda de la gente determina la oferta, si un producto funciona o no. El rafting podría verse como un resultado de elecciones, con el público votando diariamente.
Me atrae más la segunda, y paso a argumentar: los directores de programación, productores y etcéteras no buscan colaborar en una suerte de hegemonía cultural, ni participar en “olla conspiración del sistema”. Buscan beneficios, lucrar. Lo que se plasma en la tevé no es fascismo, donde desde un lugar se dicta, y un receptor pasivo absorbe. No es unilateral. Es capitalismo más que fachismo. Emerge desde nosotros, responde a nuestros deseos. No me va el enfoque frankfurtiano en cuanto desresponsabiliza al público; no sólo por la ingenuidad que supone, sino por la solución que perfila: creyendo que Tinelli es creación de los dueños de los medios, formadores del gusto, y contribuye a una dominación, propone una salida regulacionista, forzar el contenido al cambio social para el bien de todos. Pero ¿Y si no es así? ¿Si es genuinamente Tinelli obra de nuestros deseos? Entonces la regulación funcionaría como paternalismo (aquella épica frase “salvar la sociedad de sí misma”, muy estadounidense). Tampoco me cierra otro argumento de Frankfurt, hablando de las condiciones materiales/simbólicas, como que la demanda social de programas paupérrimos es por una situación paupérrima: en los Estados y en Inglaterra la misma mierda triunfa (“Britain’s got talent” y “American Idol” ¿Emuladores de nuestro “Talento argentino”?). En fin, comulgo más con la versión liberal sobre el contenido de la televisión, aunque no con un ciento por ciento, sé a consciencia la capacidad de este sistema de generar deseos y deseos. Ëso es la “sociedad de consumo”: publicidad a la psique, y próxima parada, el Shopping. Y qué no son uniformes las posibilidades (no todo el mundo tiene cable; ya el margen de elección se acota), y así y todo, me resulta conveniente, ajustar los hechos a la teoría, que la televisión domine tan simplonamente a la gente (y por ende, el negocio fácil, que funciona no-importa-qué esté siendo mostrado).
Para terminar, por ahí fui demasiado impiadoso y extremista con “el cabezón”, quizás es como dice Dolina, “Bailando” es una obra de arte donde la excusa son unos bailarines y un jurado, todo una coartada, y lo expuesto realmente son tragedias humanas. Y quizás sea como dice él. Quizás,Quizás.
sábado, 6 de noviembre de 2010
Proceso del ensayo
Rumbiando entre varias ideas y temáticas. Buscando algún problema, alguna idea que me haya neurotizado, que haya sembrado en mi suspenso y reflexión. En el teórico de argumentación, se decía eso del ensayo, que es un instrumento para la duda, orientado a abrir debates, no cerrarlos (aunque para ser justo, la duda es medio para la conclusión. Y si planteo buenas preguntas es, para en cierto lapso, obtener buenas respuestas).
Viendo lo que escribían otros, rastreando pistas para el fundamento del ensayo. Algunos aristas posibles de la cuestión podrían ser:
Político/económico: la desigualdad y la distribución de la riqueza
Político sobre los medios: vi hace poco una discusión ejemplar entre Tom Lupo y Alejandro Rozitchner sobre la oferta mediática. Lupo sosteniendo una posición frankfurtiana clásica, y Rozitchner una posición más libre oferta-demanda entre gente y y contenidos televisivos.
Creo que esos dos temas son los que tuvieron más jerarquía de mi atención y podrían dar para un análisis, divague, desafío ensayístico.
Viendo lo que escribían otros, rastreando pistas para el fundamento del ensayo. Algunos aristas posibles de la cuestión podrían ser:
Político/económico: la desigualdad y la distribución de la riqueza
Político sobre los medios: vi hace poco una discusión ejemplar entre Tom Lupo y Alejandro Rozitchner sobre la oferta mediática. Lupo sosteniendo una posición frankfurtiana clásica, y Rozitchner una posición más libre oferta-demanda entre gente y y contenidos televisivos.
Creo que esos dos temas son los que tuvieron más jerarquía de mi atención y podrían dar para un análisis, divague, desafío ensayístico.
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